Paul Krugman: el Nobel que leía ciencia ficción

Del MIT a The New York Times, pasando por Los Simpson.

¡Bienvenidos una vez más… Tipos y Tipas de Interés! Vamos a seguir conociendo a las mujeres y hombres que han marcado la historia de la economía y las hipotecas tal como las conocemos hoy en día y hoy hablaremo de…Paul Krugman!

Nació en Albany, Nueva York, en 1953, en una familia judía con raíces en Ucrania y Bielorrusia. Pasó parte de su infancia en Utica y creció en Merrick, una localidad tranquila de Long Island. Desde pequeño mostró una mente privilegiada para los números, pero su verdadera vocación frustrada era ser psicohistoriador. Si te suena a chino, es normal: es una profesión inventada por Isaac Asimov en su saga de ciencia ficción Fundación, que consistía en usar fórmulas matemáticas para predecir el futuro de las civilizaciones. Como a los 15 años vio que el Imperio Galáctico le pillaba un poco lejos, pensó que lo más parecido que teníamos en la Tierra era la economía. Y oye, no le salió mal la jugada.

Estudió Económicas en Yale y se graduó summa cum laude en 1974. A los 24 años ya tenía su doctorado por el MIT bajo la tutela de Rudi Dornbusch, a quien siempre recordaría como “uno de los grandes profesores de economía de todos los tiempos”. Durante su etapa universitaria vivió momentos clave: pasó un verano trabajando en el banco central de Portugal justo después de la Revolución de los Claveles, y en 1978 escribió el ensayo La teoría del comercio interestelar, un artículo humorístico en el que analizaba los tipos de interés en viajes cercanos a la velocidad de la luz. Según él, lo escribió para animarse en uno de esos días grises de profesor novato.

Krugman ochentero

Pero más allá del sentido del humor, Krugman revolucionó las teorías del comercio internacional explicando algo que traía de cabeza a muchos expertos: por qué los países ricos se compran y venden entre sí los mismos productos. ¿Por qué Alemania nos vende coches y nosotros a ellos también? Su modelo de competencia monopolística con economías de escala se convirtió en una referencia mundial. Esta genialidad, junto con sus trabajos sobre geografía económica, le valió el Premio Nobel en 2008.

En lugar de quedarse en su torre de marfil enseñando solo a unos pocos elegidos, Krugman prefirió bajar al barro del debate público. En los años 90 se quedó fuera del equipo económico de Bill Clinton porque buscaban a alguien más diplomático, y Krugman nunca ha tenido filtro. Así que empezó a escribir en revistas y periódicos, y su columna en The New York Times se convirtió en un faro para millones de lectores. Es el “progre” oficial de la macroeconomía, azote de los recortes, crítico feroz de la austeridad y un autor capaz de explicarte una crisis global usando manzanas, peras o, como veremos ahora, pisos.

Krugman feliz con sus gatos

Paul Krugman es el abanderado moderno de la escuela neokeynesiana. ¿Y eso qué significa? Que sigue el legado de John Maynard Keynes, pero actualizado a los problemas del siglo XXI. Para él, los mercados no son perfectos, ni se autorregulan por arte de magia. Y mucho menos cuando hablamos del mercado financiero o del de la vivienda. En tiempos de crisis, la economía se atasca: las familias se asustan y dejan de gastar, las empresas congelan contrataciones, y todo entra en un círculo vicioso.

La solución de Krugman es clara: el Estado debe actuar como un fontanero. Si hay un atasco, hay que meter la mano, invertir, inyectar dinero público, bajar los tipos de interés y ayudar a que la rueda vuelva a girar. Nada de recortes a toda prisa. Y si hay que elegir entre subir tipos o ayudar a que la gente pueda pagar la hipoteca, Krugman prefiere proteger a las familias. En esto comparte visión con Joseph Stiglitz: ambos defienden que un Estado activo y bien gestionado es clave para evitar que las crisis se conviertan en dramas sociales.

En la práctica, esto se traduce en medidas muy concretas que afectan directamente al bolsillo: cuando los bancos centrales bajan los tipos, como Krugman suele recomendar en tiempos difíciles, el Euríbor tiende a caer, lo que abarata el coste de las hipotecas y da oxígeno a quienes están pagando su casa a plazos.

Pero no todo vale. Krugman fue también de los primeros en advertir sobre el riesgo de burbujas inmobiliarias cuando el dinero barato se vuelve excesivo. Ya en los años 2000 avisaba de que los precios de la vivienda se estaban separando peligrosamente de la realidad de los salarios. Su análisis coincidía con el de Robert Shiller y se confirmó trágicamente con la crisis de 2008.

Otra de sus contribuciones más interesantes es la llamada “nueva geografía económica”. En resumen: la actividad económica, el empleo y el talento tienden a concentrarse en unas pocas ciudades, y eso dispara allí la demanda (y el precio) de la vivienda. Si te preguntas por qué vivir en el centro de Madrid cuesta tres veces más que en otras zonas, aquí tienes parte de la explicación.

Krugman también ha escrito sobre los límites de la política económica en un mundo globalizado. Recuerda que los países no pueden tenerlo todo: no puedes tener un tipo de cambio fijo, libertad total de movimientos de capitales y autonomía monetaria sin que algo falle. Esta reflexión ayuda a entender por qué, en ocasiones, los gobiernos se ven atados de manos cuando los tipos suben y afectan a millones de hipotecados.

Y si todo esto te parece demasiado académico, hay algo más que le distingue: su capacidad para traducir la macroeconomía en lenguaje cotidiano. Sus columnas en The New York Times y libros como La conciencia de un liberal o Contra los zombis han acercado temas complejos a millones de personas. Krugman no solo predice crisis o defiende políticas: te cuenta lo que pasa con tu hipoteca cuando el BCE se reúne o cuando Washington decide hacer recortes. Lo hace claro, sin tecnicismos innecesarios y, muchas veces, con ironía. En tiempos en los que la economía parece cosa de expertos, él insiste en que todos deberíamos entenderla… sobre todo si tenemos una hipoteca que pagar.

El día que Krugman defendió un truco de Los Simpson

En un episodio de Los Simpson de 1998, el gobierno de EE. UU. imprime un billete de un trillón de dólares para ayudar a Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque parezca surrealista, esa idea saltó a la vida real cuando EE. UU. se vio al borde de la quiebra por no poder subir el techo de deuda.

En el capítulo el Señor Burns se mete en el bolsillo un billete secreto de un billón de dólares impreso por el Gobierno para salir de un apuro. Pues bien, en las crisis de deuda de 2011 y 2013, la realidad imitó a los dibujos animados, y Krugman fue el principal instigador.

Con el Congreso estadounidense bloqueando el dinero y el país al borde de la quiebra —lo que habría disparado los tipos de interés y las hipotecas en todo el mundo—, un grupo de economistas propuso usar un vacío legal: que el Gobierno acuñase una única moneda de platino de un billón de dólares, la ingresase en el banco central y ¡pum! cuenta saneada sin pedir permiso a los políticos.

Mientras medio planeta se echaba las manos a la cabeza diciendo que aquello era una payasada inflacionista digna de Springfield, Krugman se plantó en su columna y dijo que adelante, que #AcuñenLaMoneda.

Su argumento fue puro pragmatismo gamberro: la moneda no iba a ir a la calle (Homer no podría gastársela en cajas de donuts), así que no habría inflación; solo serviría para pagar las deudas que el Estado ya tenía apuntadas en la libreta. Para Krugman, si la alternativa a no usar un truco de dibujos animados era que la primera potencia mundial quebrase y arrastrase la economía de los ciudadanos de a pie, la elección estaba clara. Al final, demostró que a veces la alta política económica se resuelve mejor con el guion de Matt Groening que con los manuales de Harvard.

Según él, no es lo ideal, pero tampoco una locura si lo que está en juego es el colapso financiero. Como dijo, si el señor Burns podía llevar un billete de trillón en la cartera, el Tesoro también podía usar una moneda simbólica para evitar el desastre.

La moneda del billón

¿Y qué tiene que ver con las hipotecas?

Aunque Krugman se pasa el día analizando la globalización y los mercados mundiales, sus teorías tocan de lleno el suelo de tu comedor. Como es uno de los mayores defensores de mantener el dinero barato cuando las cosas van mal, sus tesis influyen en el bolsillo del ciudadano de a pie. Digamos que sería uno de los «buenos» de la película.

Cuando los bancos centrales abren el grifo del dinero, las decisiones de tipos de interés de figuras como Jerome Powell en la Fed hacen que el Euríbor baje, pedir una hipoteca sea más asequible y el mercado inmobiliario se ponga las pilas. En principio todo es alegría y felicidad. Eso sí, el dinero barato tiene doble filo y Krugman lo sabe bien. A principios de los 2000, analizó cómo la bajada brutal de tipos estaba desviando demasiado dinero hacia el ladrillo, coincidiendo en el tiempo con las alertas que lanzaba Robert Shiller sobre la gigantesca burbuja inmobiliaria que se estaba gestando y que acabó explotando en 2008. Y luego, bum.

Además, su teoría de la «Geografía Económica» explica perfectamente por qué el precio de la vivienda en ciudades como Barcelona o Madrid está disparado mientras que en las zonas rurales no para de caer. Las empresas y el talento se atraen como imanes en las grandes urbes, creando lo que él llama «efectos de aglomeración». Así que, si tu piso vale más hoy, es en parte por las leyes geográficas que describió Krugman.

Krugman con su premio Nobel. Bien jugado Paul.

Una frase célebre de

La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo.»

Un país no puede hacerse rico de verdad a base de imprimir billetes o de subir el precio de los pisos de forma artificial. La única manera real de que los salarios suban, la gente viva mejor y podamos pagar la hipoteca holgadamente es produciendo más y mejor por cada hora trabajada. Si la productividad se estanca, tarde o temprano el nivel de vida y el mercado de la vivienda se van al traste. No hay trucos de magia que valgan.

Curiosidades

  • El «paper» intergaláctico: En 1978, para desestresarse mientras buscaba plaza de profesor, escribió un artículo matemático real titulado «La teoría del comercio interestelar». En él resolvía cómo calcular los tipos de interés de las mercancías que viajan en naves espaciales a la velocidad de la luz. Un análisis totalmente serio sobre un tema completamente inútil. (Fuente: Economic Inquiry, 2010).
  • El patinazo del fax: En 1998 se vino arriba y predijo que «para 2005, quedaría claro que el impacto de Internet en la economía no sería mayor que el de las máquinas de fax». Una pifia histórica de la que se ha arrepentido mil veces y que hoy le siguen recordando en las redes sociales. (Fuente: Revista Red Herring, 1998).
  • Asesor de Ronald Reagan: Aunque hoy es un icono de la izquierda económica estadounidense, su primer puesto político potente fue como asesor en el gobierno profundamente conservador de Ronald Reagan en 1982. Le duró poco la aventura; al año se cansó de la política de Washington y volvió a las aulas. (Fuente: Archivos del Council of Economic Advisers, 1982).
  • Defendió la moneda del billón de dólares aparecida en Los Simpsons para solventar la crisis de deuda de EEUU.
  • Pánico a los fans: A pesar de salir en televisión y dar conferencias ante miles de personas, en las distancias cortas es un introvertido de manual. Su entorno confiesa que le encanta debatir con multitudes a través de una pantalla, pero se siente súper incómodo si alguien le reconoce en el supermercado y le para a saludar. (Fuente: Perfil en The New Yorker, 2010).

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